UNA FIGURA ESENCIAL EN EL ARAGÓN CONTEMPORÁNEO: JOAQUÍN COSTA

El 14 de septiembre de 1846, nació Joaquín Costa en una familia campesina de Monzón. Pronto se trasladarían a Graus, donde el pequeño Joaquín mostraría un gran afán por leer y estudiar. En un diario juvenil escribió: "Si no puedo estudiar, no quiero vivir."

Su familia lo mandó a estudiar a Huesca en 1863, donde tenía que trabajar, a la vez que estudiaba, en casa de un familiar. Sus inquietudes intelectuales le llevaron a fundar, en 1866, el Ateneo de Huesca. A pesar de la distrofia muscular progresiva que empezó a sufrir, conocía diferentes oficios. Por eso, pudo asistir a la Exposición Internacional de París, de 1867, como “discípulo observador”. Allí, se obsesionó con el progreso y se empeñó en transformar su país, sometido en aquella época al corrupto sistema del turnismo político, que habían pactado Antonio Cánovas del Castillo y la monarquía, para asegurar el mantenimiento de esta.  

Educación, progreso y lucha contra el caciquismo fueron los ideales que le movieron en toda su vida. Al regreso de París, publicó Ideas apuntadas en la Exposición Universal de 1867 para España y para Huesca. Este libro fue publicado en 1868, año en que se celebró la Exposición Aragonesa, donde tuvo oportunidad de contar todos los ingenios observados en Francia.

En 1874, se doctoró en Derecho y en 1875, en Filosofía y Letras. Viajó a Madrid, juntándose con krausistas y republicanos. Allí fue un firme defensor de la libertad de cátedra, frente al dogmatismo que dominaba en la Universidad de la época. En 1876, Francisco Giner de los Ríos fundó la Institución Libre de Enseñanza, donde Costa trabajó como pedagogo y jurista. Desde esta institución defendió sin descanso la libertad de ciencia, la tolerancia, el intercambio científico y cultural con otros países, la secularización de la vida pública y la investigación pedagógica.

Como jurista, Joaquín Costa escribió diversos tratados sobre Derecho, especialmente sobre derecho aragonés. Como ya contamos en otro artículo (Homenajeando a Juan de Lanuza), la defensa del código civil aragonés, frente al intento del gobierno español de eliminarlo, fue una de las primeras manifestaciones del aragonesismo. Costa fue un gran defensor del derecho aragonés, así como de la institución histórica del Justiciazgo. Por eso, afirmaba: “Aragón se define por el Derecho.” Sus ideas fueron expuestas en el Congreso de Jurisconsultos Aragoneses de Zaragoza (1880-1881).

 

Costa se introdujo en el mundo de la política, ganando influencia. No dejó de estudiar y escribir, buscando siempre los motivos para el atraso que sufría la sociedad española y proponiendo soluciones, que veía siempre relacionadas con el progreso y la educación. Sin embargo, también consideraba necesario la revitalización de las antiguas costumbres, por lo que realizó varios estudios etnológicos, que también le llevaron a investigar sobre la lengua aragonesa.

Otro de los aspectos que Costa quería reformar era el de las colonias españolas, a las que quería dar autonomía y representación en el Congreso. Además, se mostró totalmente contrario a la esclavitud, que todavía no había abolido España.

A raíz de la pérdida de las colonias americanas en 1898, surgió un movimiento político llamado Regeneracionismo, del que Joaquín Costa sería la cabeza más visible. Los regeneracionistas pretendían acabar con la corrupción y el caciquismo y emancipar al pueblo por medio de la educación y de una profunda reforma agraria. Esta reforma agraria tendría que introducir nuevos cultivos, mecanizar el campo, mejorar los abonos, ampliar regadíos por medio de obras públicas, extender el ferrocarril por todo el mundo rural… Costa quería acabar con los cultivos de subsistencia y desarrollar la economía aragonesa a través de un potente mercado agrícola. Para ello, introdujo un concepto muy importante en las siguientes décadas de la historia de Aragón: el Colectivismo Agrario. Reclamaba que los ayuntamientos adquiriesen tierras, para el trabajo en común de los vecinos del municipio. Esta colectivización soñada por Costa acabaría con el caciquismo, el atraso estructural, la pobreza en el campo y el éxodo rural hacia las ciudades. Por todo ello, fue un gran defensor de la construcción de pantanos y canales, para extender los regadíos. La única de las obras que propuso y pudo ver acabadas sería la del Canal de Aragón y Catalunya (1896-1906). Sin embargo, sus ideas estarían presentes en la política hidráulica posterior (Ley de Riegos de 1911) y en la creación de la Confederación Hidrográfica del Ebro, en 1926. 

Costa desarrolló su vida en Madrid, pero viajaba continuamente a Aragón, preocupado por los problemas de su tierra. En 1891, fundó la Liga de Contribuyentes de Ribagorza (posteriormente llamada Cámara Agrícola del Alto Aragón), desde donde intentaría poner en práctica sus ideas sobre la reforma agraria que necesitaba el campo aragonés. Desde esta institución, fue candidato a las elecciones provinciales de 1892, las municipales de Graus de 1893 y las generales de 1896. En los tres casos se dio de bruces contra la corrupción caciquil que controlaba el sistema de turnos, diseñado para que los dos principales partidos se turnasen en el gobierno, sin permitir que republicanos, separatistas o socialistas pudiesen tocar el poder.

Contra este corrupto caciquismo, síntoma inequívoco del atraso español, Costa defendió la educación de las clases populares y su emancipación económica. Este interés por acabar con la ignorancia que servía de sostén a la corrupción de monarquía y gobierno y al caciquismo se refleja en su lema: ESCUELA Y DESPENSA.

A pesar de intentarlo desde varias candidaturas políticas (Unión Nacional, Unión Republicana, Asamblea Municipalista de Zaragoza…), se retiró de la política frustrado por no haber podido transformar la sociedad según su programa regeneracionista. 

En 1905, agravada su enfermedad y decepcionado, se retiró en Graus. Sin embargo, continuó siendo un activo escritor, intentando que sus ideas políticas llegasen a todos. Sus artículos se publicaban fundamentalmente en El Ribagorzano.

El 7 de febrero de 1911, Joaquín Costa falleció. Su muerte fue una auténtica conmoción en todo el Estado. El cadáver era transportado en ferrocarril para ser enterrado en Madrid. Sin embargo, el tren fue detenido violentamente en Zaragoza. Su féretro fue acompañado por una impresionante manifestación popular, que lo llevó al cementerio de Torrero, donde fue enterrado.    

Costa fue llorado por Pérez Galdós, Menéndez Pelayo, Unamuno, Ortega y Gasset, Ramiro de Maetzu, Blas Infante... Todos los personajes ilustres de la cultura y la política lamentaron el fallecimiento del llamado León de Graus.

El incipiente nacionalismo aragonés hizo suyas sus ideas regeneracionistas. La dictadura de Primo de Rivera quiso apropiarse de su figura, mostrándose el dictador como quien desarrollaba su política. Esto provocó cierta reticencia en los republicanos hacia Costa, aunque pronto se consideraron herederos de su pensamiento. Lo mismo sucedió con los anarquistas, que implantaron una exitosa colectivización agraria en el Consejo de Aragón (El Consejo Regional de Defensa de Aragón). La figura de Costa fue muy poco querida por el franquismo. Por ese motivo, todos los partidos en la Transición quisieron verse reflejados en las ideas de Joaquín Costa. 

El político aragonés ha sido reivindicado por socialistas, falangistas, anarquistas, republicanos, carlistas... En la actualidad, todos los partidos políticos con representación en las Cortes de Aragón reivindican sus ideas. Esa es la grandeza de Costa. Después de más de un siglo, despierta admiración en políticos de todas las ideologías. Sin embargo, hay que preguntarse: ¿Con quién se presentaría actualmente Joaquín Costa a las elecciones? Seguro que a todos se nos ocurren respuestas diferentes.


La propiedad individual no puede legítimamente recaer sino sobre bienes que sean producto del trabajo individual; la tierra es obra exclusiva de la Naturaleza: por consiguiente no es susceptible de apropiación.”

 

 

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