Por Víctor Longares Abaiz
Durante
gran parte del siglo III d.C. (235–284 d.C.), el Imperio romano sufrió una
profunda crisis, caracterizada por la inestabilidad política, la presión
fiscal, las guerras civiles, las invasiones y la contracción del comercio. Caesaraugusta
era una ciudad con mucho tráfico comercial, por lo que sufrió muy
significativamente con esta crisis.
Paralelamente, a lo largo del siglo III, las comunidades cristianas comenzaron a consolidarse en el valle del Ebro, aunque no sin conflictos. Las persecuciones imperiales, especialmente bajo Decio y Diocleciano, afectaron a los cristianos de Caesaraugusta, como sugiere la tradición martirial vinculada a figuras como Engracia. En el siglo IV, tras el Edicto de Milán (313), el cristianismo pasó de ser una religión perseguida a tolerada.
Las élites locales, en busca de seguridad y autosuficiencia económica, se trasladaron a villas situadas en el territorio circundante, como la villa de La Malena (Azuara) o la de Fortunatus (Fraga), ambas con importantes complejos residenciales decorados con mosaicos, instalaciones termales y estructuras productivas como lagares.
Durante los siglos III y IV, algunos pueblos germánicos aprovecharon el debilitamiento del Imperio, para realizar duras incursiones. Zaragoza sufrió, entre los años 260 y 280, graves ataques de francos y alamanes, que destruyeron infraestructuras y acabaron con las debilitadas rutas comerciales.
Uno
de los testimonios más evidentes de este contexto es la reforma de la muralla
tardorromana, fechada entre finales del siglo III y comienzos del IV. La nueva
fortificación supuso un notable refuerzo del perímetro defensivo, con muros que
alcanzan hasta siete metros de grosor en algunos tramos. Su construcción
reutilizó materiales procedentes de edificios públicos en desuso, lo que indica
tanto la urgencia defensiva como el abandono de espacios monumentales
anteriores.
A
partir del año 409, oleadas de suevos, vándalos y alanos acabaron con el
abastecimiento de grano, provocaron una gran inseguridad en las calzadas y la
recaudación fiscal dejó de ser efectiva. La estructura militar prácticamente se
evaporó. En el 416, los visigodos entran en la Península, como aliados de Roma,
para acabar con estas invasiones. A medida que van controlando el territorio,
el Imperio se descompone, siendo sustituidas las autoridades imperiales por las
visigodas. En el año 472, siendo Eurico rey de los visigodos, Caesaraugusta
acabó totalmente bajo el control de los monarcas visigodos.

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